Si sale cara, una presentación

Una mañana de finales de octubre del pasado año, abrí el correo, y había un mensaje de una editorial. Después de leerlo y releerlo, me alegré muchísimo. En concreto, la editorial se interesaba por una colección de relatos que había escrito entre 2013 y 2016 y que después de pulirlos, los había reunido en una colección al principio de ese mismo año. Después de eso vino el contrato de edición y un enorme trabajo durante meses para convertir el manuscrito en la obra definitiva.

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Y tras mandar a imprenta y tenerlo disponible, por fin llegó el día de la presentación. Y sí, yo estaba muerto de miedo.

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Pero en realidad solo fue eso, los nervios, porque verdaderamente iba bien preparado con un guión para no dejar nada al azar, y además, tenía el respaldo de todos los amigos que vinieron a la presentación y de mi editor y de la librería Nakama lib, que nos acogió estupendamente.

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Y bueno, al final queda la grata experiencia, eso, y “Si sale cara“.

Si sale cara

 

 

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la noche de los indómitos

no te dejes llevar

no hagas caso de los consejos de todos esos sabios

y su largo bla bla bla

 

ríete del sentido común

de lo políticamente correcto

de lo decente, de lo óptimo, de lo ideal

 

desconfía de las marcas

solo quieren tu dinero,

pero sobre todo

desconfía de la publicidad

no compres nada que anuncie la televisión,

ni la prensa, ni la radio, ni internet

evita toda esa mierda

nada que necesite anunciarse merece la pena

 

no te parezcas a nadie

sobre todo no te parezcas a los futbolistas, ni a los actores, ni a los famosos

no te vistas ni te peines ni hables como el resto

siente náuseas solo de pensarlo

 

rechaza las modas

rechaza todas y cada una de las modas que aparezcan

sea cual sea su naturaleza

 

y evita las masas,

evita las ceremonias, las festividades, las ferias

y todo tipo de aglomeraciones

 

hazlo

y no te detengas

hazlo

y estarás en el camino

 

 

No veas demasiado…

—Buenos días, por favor, siéntese, y dígame, ¿padece usted alguna enfermedad?

—No.

—¿Toma algún tipo de medicamento?

—No.

—¿Estupefacientes?

—No

—Perfecto, firma aquí y aquí. Muy bien, ahora le realizaré una prueba visual, por favor sitúese allí y mire a ese panel de ahí.

—¿Ves esta fila?

—No.

—¿Esta de más arriba?

—No, tampoco.

—¿Quizá esta otra?

—Creo que es una C y luego una H… mmm olvídelo, sólo veo borrones.

—A ver, dígame cuál ve.

—La primera, la segunda, y la tercera fila, bueno la tercera la veo un poco borrosa, de hecho la veo toda borrosa.

—Uf, no llegas al mínimo, ¿eh?, no llegas ni al mínimo.

—Ya, ¿y qué hago?

—Bueno, bueno, no debería, pero bueno, te doy el apto, pero ve al oculista, ¿eh?, eso hay que revisarlo.

—Pero eso no se corrige con gafas, es que padezco…

—He dicho que apto, y que vayas al oculista que eso hay que revisarlo, ala, que tenga un buen día. ¡Siguiente!

Como el latido de una nota musical

 

No sé mucho sobre música

si acaso lo básico

o lo poco que he ido aprendiendo con el tiempo

 

pero sé cuando algo fluye

cuando tiene alma

y de algún modo,

 

sé cuando es un desgarro

cuando el autor,

al crearla

ha dejado parte de su cuerpo

y de su alma,

ha impregnado de su esencia cada nota musical

 

y ha dejado una parte de sí mismo por el camino

que ha quedado incrustada en la composición.

 

No hablo de estilos ni de géneros

ni de modas.

Hablo de ese algo que late

que tiene vida propia

ese algo capaz de conmover.

 

En realidad,

No sé muy bien cómo explicarlo

Pero sin duda, estoy seguro

de que ustedes sabrán perfectamente a qué me refiero.

Nigeria en el horizonte

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Con los años siento que  pierdo espontaneidad en mis lecturas, de hecho, a estas alturas tengo un listado de lecturas pendientes tan grande (que sigue creciendo a cada lectura o cada vez que me encuentro con algo nuevo o simplemente desconocido) que podría pasar años leyendo para abarcarlo. Toda esa lista de espera hace que uno a menudo eche de menos otros tiempos en los que se acercaba a una lectura sin más, sin miedo de tener que cerrar el libro al poco o sentir que está perdiendo el tiempo cuando podía estar leyendo algo mucho mejor.

Pero claro, eso no quita la necesidad que a veces se tiene de descubrir cosas nuevas. En esta ocasión, vagaba por la biblioteca Retiro y me lancé un poco a la aventura, sin mirar ni siquiera nomenclaturas, cogí un libro al azar de una estantería al azar, era “Cada día es del ladrón” de Teju Cole, y bueno, tras leer la sinopsis y hojearlo un poco, me lo llevé.

Hasta ese momento no conocía nada del autor, y me pareció curioso: un escritor nigeriano nacido y afincado

en los Estados Unidos, regresa después de 15 años a Lagos, ciudad que le vio crecer. El libro es una descripción de las impresiones y los sucesos que le suceden durante su estancia en la ciudad tras muchos años de ausencia. Y es que el alejamiento, lo hace más consciente de las deficiencias del mundo donde creció, deficiencias que por entonces, debido a su juventud y a la familiaridad de las mismas, no podía sino obviarlas o verlas como algo natural.

La obra está bien, no es un retrato de una ciudad, solo las impresiones de un emigrado que se ha vuelto ajeno al lugar que creía suyo y que apenas reconoce. Las descripciones del caos, la inseguridad ciudadana, la corrupción, el desorden, la pobreza, la solidaridad y cierta libertad, hacen que Lagos se me asemeje a otros lugares similares en otras latitudes.

Quizá no sea una obra definitiva sobre Nigeria, pero resulta interesante para adentrarse en el país y de paso conocer algo de un autor interesante, consciente del mundo que le rodea.

 

en el borde

El sol de la mañana es amargo

titubeante

ni siquiera hay un puñado de nubes que lo amenacen

 

Las calles tampoco están vacías

¿deberían estarlo?

Una joven pasa corriendo junto a mí

adelanta rápidamente

a un anciano que camina lento

titubeante,

apoyándose en su bastón oxidado

resistiendo…

 

otros van a otras partes

siempre a donde mismo

o quizás a ningún lugar en concreto

puede que solo deambulen

que persistan en el espacio

 

un hombre en su bicicleta…

una chica que pasea a un perro…

un adolescente con auriculares, gorra y gafas de sol…

una mujer hablando por teléfono en un idioma desconocido…

 

instituciones

universos dentro de un universo

a la deriva

 

El aire es imposible

cientos de coches pasan por la calzada

como arracimados

en trayectos de ida y vuelta

día tras día

como una muerte de lenta agonía.

 

Dejo todo eso atrás

-eso y los titubeos de mi mente-

cuando por fin me siento

abro el libro y entro dentro

es mi hogar

aunque soy consciente de que por poco tiempo.

Caer lento

Cae la noche

terminada la fiesta de las máscaras

las sombras emergen

 

el peso del tiempo derrumba todas las certezas

los principios, las ideas, los pensamientos

todo se diluye en ríos de mentiras que no desembocan en ninguna parte

 

todas esas idas y venidas

no son,

sino un círculo cerrado

 

todo cae

y la verdad es un retrato doloroso

difícil de mirar

incluso en la noche.

 

Puente

El camino hacia Carmina Burana

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Faltaban apenas cinco minutos para que diera comienzo, mi butaca se encontraba en lo alto del todo, en la última fila de tribuna, junto al órgano, de espaldas a la orquesta. El auditorio nacional estaba abarrotado, diez mil personas expectantes a que diera comienzo El testamento de Bartók, el octavo concierto de la temporada “Redenciones” de la Orquesta y Coro nacional de España (OCNE), aunque en realidad eran dos conciertos, en primer lugar uno de Béla Bartók y seguidamente el Carmina Burana de Carl Orff.

Como el espacio es pequeño, la gente de mi fila se tuvo que poner en pie para que pudiera acceder a mi butaca, y ya una vez allí, sentado, expectante, leí el programa y la información que este proveía sobre ambos autores: sus motivos, sus experiencias, su música… tras leerlo, recordé mi primer encuentro con la música del compositor alemán, aún en la década de los noventa. Tendría unos ocho o nueve años, cuando vi en la televisión un tráiler de una película basada en “Doble Dragón” un videojuego al que había jugado un buen puñado de veces a lo largo de mi infancia. En cuanto terminé de ver aquel tráiler, sentí la necesidad imperiosa de ver esa película −que al final nunca llegué a ver− y aunque entonces no lo sabía, realmente lo que me atrajo de ella fue la banda sonora, la cual utilizaba a ratos “O Fortuna“, la pieza que abre y cierra la cantata.

 

Más tarde, ya con trece o catorce años, a punto de abandonar los estudios, me topé con un cd que incluía el libro de texto de la asignatura de música. Es quizá el primer contacto directo que tuve con la música clásica, ya que aunque incluía una amplia variedad de estilos, predominaban las piezas de música clásica. El disco incluía un extracto de la 5ª de Beethoven, también la pieza “La mañana” de (Peer Gynt) de Edward Grieg y por supuesto, la que escuché infinidad de veces: “O Fortuna” (Carmina Burana) de Carl Orff.

Durante bastante tiempo lo dejé de lado y ya siendo mayor de edad, a los dieciocho, diecinueve o quizá veinte años, comencé a acercarme a la música clásica de manera paulatina. Primero oía extractos (el meteórico arranque de la 5ª de Beethoven, el canto a la alegría de la 9ª,  el “Aria de Fígaro” del “Barbero de Sevilla” (G. Rossini) o el “Donna e mobile” de “Don Rigoberto” (G. Verdi) entre otras muchas piezas, en las que por supuesto  “O Fortuna” estaba incluida.

Con el tiempo fui escuchando obras completas, Carmina Burana fue una de las primeras, junto a la 9ª de Beethoven o “The funeral for queen Mary” de Henry Purcell, aunque luego le seguirían otras, muchas otras, muchísimas…

Desde por aquel entonces, ya ansiaba con verla en directo, pero la dificultad de la lejanía, primero, y luego la dificultad de encontrar la ocasión adecuada por incompatibilidad de fechas, por dinero… o por cualquier otro motivo, alargaron la espera hasta el pasado dos de diciembre, en que por fin pude desaparecer, emocionarme hasta llorar, fundirme, y en definitiva, sumergirme junto a esos otros miles de espectadores, en una de las obras más espectaculares que el humano ha podido concebir.

allá, a lo lejos, el océano

Nunca fui demasiado listo,

me perdí incluso por aquellos caminos desgastados de tan transitados que estaban

 

he dado demasiados pasos en falso

y a veces fui cobarde, mezquino y vulgar

 

a menudo,

en las dificultades

en las más complicadas situaciones a las que me tuve que enfrentar

aun sabiendo que la cobardía me condenaría a treinta años de galeras

juro que eludí la responsabilidad

 

y es que nunca fui demasiado listo,

caminé cabizbajo en días soleados

me perdí las mejores lunas llenas de mi vida

 

y siempre, siempre,

acabé empapado

tras ser sorprendido por la tormenta

en mitad del camino

 

 

mentiría si negara

que fabriqué problemas

donde solo habían soluciones

y que acabé chamuscado

tras acercarme demasiado a la hoguera.

 

Y es que… bueno,

nunca fui demasiado listo

me equivoqué tantas veces

que ya hace demasiado que perdí la cuenta

de mis tropiezos

 

pero a pesar de todo

persistí,

nunca dejé de intentarlo

ni de creer

en ese sueño que desde hace tanto me desvela

 

ese horizonte difuso

que tras abrirme paso entre tanta maleza

se tornó en paraíso,

-y emulando al bueno de Nuñez de Balboa-

hallé mi ansiado Pacífico

aún allá, a lo lejos

pero ya con la certeza de que es algo tangible,

algo real…

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